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Quien más tiene, más quiere

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Ser codicioso trae ruina porque es idolatría, y en consecuencia, excluye del Reino de Dios.

La codicia no se enseña. La llevamos dentro desde el día que nacimos. Pero la codicia se puede controlar o potenciar. Lo que se ha hecho en nuestra sociedad actual es lo último.

No es dificil encontrar ejemplos. Empezamos con la bolsa. Lo que en su momento era un mercado para la compraventa de participaciones en empresas ha degenerado en un gran casino, movido por la codicia. Y no es polémica barata. Expertos en este tema saben que uno de los indicadores más fiables a la hora de invertir en el mercado de valores es el famoso “índice de miedo y codicia” 1. Miles de millones de dólares y euros se mueven cada día por lo que en inglés se denomina “fomo”, 2 nombre moderno para un fenómeno antiguo: codicia.

Otra área más cotidiana son los anuncios que explotan esa tendencia innata de querer más y más. En los espacios publicitarios se nos sugiere que nos merecemos mucho más de lo que tenemos. El resultado: el crédito privado ha aumentado de forma espectacular. Ya no es necesario tener un dinero ahorrado para consumir. No. Se pide un crédito y ya está. Que algunos de estos créditos tipo Cofidis o Carrefour tienen un T.A.E. del 20% o más poco parece importar. Compramos 5000 euros por el módico precio de 7.500.

Y a aquellos que aún tienen la mala costumbre de ahorrar, se les castiga de forma oficial: el interés negativo que tiene sus repercusiones nefastas en la cartilla de ahorro de toda la vida, nos enseña que no es buena idea ahorrar. Lo que toca ahora es gastar sin pensárselo dos veces. Porque nos lo merecemos y además hay que fomentar el consumo, cueste lo que cueste y aunque sea por imposición institucional.

El resultado de esta potenciación de la codicia es un endeudamiento privado preocupante.

Nuestros padres y abuelos se caracterizaban por la austeridad. Se gastaba lo que se tenía. De hecho, se gastaba menos de lo que se tenía. Lo que sobraba se llamaba “ahorro”. Esto ha cambiado completamente. Ahora vivimos a coste de generaciones futuras porque nos creemos con el derecho de vivir muy por encima de nuestras posibilidades. Pero nunca hay que olvidar: las deudas siempre se pagan. De una o de otra manera. Y los que suelen pagarlo siempre son los pequeños ahorradores. Esta vez no será diferente.

La codicia está también detrás de un sistema bancario que nos está llevando al abismo. Hace 15 años se creía que el boom inmobiliario iba a seguir para siempre. Y por lo tanto, algunos bancos y entidades financieras vendieron hipotecas del 100%, en algunos casos incluso al más de 100%. La codicia estaba detrás de la sub-prime crisis, esta basura en forma de productos financieros que se vendieron como roscillas y que en realidad no eran más que aire caliente. En septiembre del 2008 hicieron estallar la crisis financiera en EE.UU y el resto del mundo. Por cierto: no se ha resuelto absolutamente nada. Esos productos tóxicos, llamados derivados, resultados de una codicia sin límites, ascienden a día hoy a cantidades inimaginables. Solo el Deutsche Bank ha invertido en ellos un importe que es 15 veces mayor que el PIB de Alemania. 3

La codicia ciega. Hace 10 años mucha gente se dio cuenta que se les había timado. Por codicia habían invertido en papeles tóxicos cuya procedencia y función no entendían ni los empleados del banco que lo vendían. Tampoco los directores, por cierto. La codicia hace ciego.

Una década más tarde, nada ha cambiado, ni se ha resuelto nada. Todo lo contrario.

La codicia es un deseo de tener más. Sobre todo: dinero o poder. Hay muchas advertencias en la Biblia acerca de ceder a la codicia y el anhelo de riquezas. «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen y donde ladrones minan y hurtan… No podéis servir a Dios y al dinero”. 4

Ser codicioso traerá ruina porque es idolatría. Y en consecuencia excluye del Reino de Dios. Este detalle debería llama la atención a todo aquel que se considera creyente. Pablo escribe: “De esto podéis estar seguros: ningún inmoral, impuro o codicioso – tal hombre es un idólatra – tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios”. 5 Cabe recordar que según no hay algo como un creyente codicioso. Porque según este versículo, no tiene cabida en el Reino de Dios. Será creyente en el dios Mamón, pero desde luego no en el Dios de la Biblia.

Y para que nos entendamos: el problema no es el dinero, sino el amor al dinero. Es un pecado porque se interpone en el camino de la adoración a Dios. Jesús dijo que era muy difícil para un rico entrar en el Reino de Dios. La razón es sencilla: la codicia es un ídolo. Nunca queda satisfecha. Cuanto más tenemos, más queremos.

Se olvida frecuentemente – también entre creyentes – que las posesiones materiales no nos protegerán en la última instancia, ni en esta vida, ni eternamente. La parábola de Jesús del rico necio en Lucas 12:13-21 ilustra bien este detalle. El problema no es ser productivo y tener éxito. El problema es convertir el éxito en dios y garante de nuestro bienestar.

La codicia tiene que ver con el descontento. Sin embargo, el creyente debe saber: mi situación personal está en manos de Dios. Por lo tanto, está orientado hacia el futuro. Se fija en la herencia que Dios guarda para él en el cielo. Por lo tanto, tenemos que mentalizarnos una y otra vez, de que somos mortales y que este mundo no será nuestro hogar para siempre. Ser codicioso, desear tener lo que otros tienen y querer más y más, es un comportamiento característico de niños. Pero cuando aparece en una vida adulta llega a ser preocupante y peligroso.

Y por cierto: la codicia no solamente tiene que ver con lo material. Uno también puede codiciar honor, reputación, títulos y reconocimiento. Para el creyente debería ser fácil poder reconocer el éxito de otros – y no solamente a regañadientes, sino de corazón. Reconocer los logros y posesiones de los demás no solamente nos libera, sino además nos capacita para admitir nuestros propios fallos sin que se nos caiga un anillo. Saber que voy a heredar una mansión magnífica hecha a medida dentro de pocos años me capacita a estar contento y feliz con mi situación actual.

Volviendo al tema del querer tener sin poder pagar: los créditos al consumo ponen en entredicho nuestra fe en quién es el Señor del tiempo. Porque el creyente debería saber que el día de mañana las cosas pueden torcerse. No somos dueños de nuestro futuro. El que lo pretende al adquirir un crédito realmente asume la posición de Dios porque da a entender: yo soy dueño de mi futuro. Pero no debemos hipotecar nuestro futuro simplemente porque queremos tener lo mismo que nuestros vecinos, y tenerlo ya.

Vamos a hablar en concreto: todo lo que se lee en la Biblia sobre los créditos – sin excepción alguna – es negativo. Por cierto: esto incluye también avalar a otros. Las siguientes referencias son solamente una pequeña muestra:

  • El que tiene deudas debe pagarlas cuanto antes (Proverbios 6:1-5).
  • Prestar es una bendición, tomar prestado una maldición (Deuteronomio 28:44-45).
  • Hay una relación entre ser esclavo y deudor (Deuteronomio 15:2:12).

La lista es interminable.

Teológicamente, endeudarse implica 4 cosas:

  1. Necesitamos más de lo que el Señor provee.
  2. Dios parece desconocer lo que necesitamos.
  3. Si Dios no hace lo que pensamos que debería hacer, resolvemos las cosas a nuestra manera.
  4. Poder pagar los plazos de un crédito hoy no significa que podamos hacerlo mañana porque desconocemos el futuro.

Antes de endeudarnos deberíamos hacernos las siguientes preguntas:

  • ¿Evito así depender de Dios?
  • ¿Es una manera de adelantar lo que pienso que Dios me debe?
  • ¿Qué mensaje doy a Dios y a los demás?
  • ¿Me limitará el crédito a pagar los diezmos y ofrendas?
  • ¿Realmente es una necesidad o un capricho?
  • ¿Hice todo lo posible para evitar el préstamo, por ejemplo aplicando recortes a mi presupuesto?

Y finalmente lo peor: es particularmente malo cuando robamos a Dios para poder pagar nuestras obligaciones. No hay estadísticas que prueben cuánto dinero no se ha invertido en el Reino de Dios, simplemente porque los plazos de ciertos créditos casi nos ahogan y no dejan margen para ofrendas y diezmos.

Nunca se debe de olvidar: al que debemos se ha convertido en dueño de nuestras vidas. No es por nada que Pablo nos exhorta a no deber nada a nadie, salvo el amar. 6

Aplicar estas medidas tendrá un efecto sanador: ayuda a no codiciar más y a poner nuestro índice de miedo y codicia a cero. Tendrás menos ahora, pero vivirás más tranquilo y en sintonía con la voluntad de Dios.

Fuente: Protestantedigital


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