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Un largo viaje

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Mi nombre es Karen y quiero contar la historia de un largo viaje que me trajo de regreso a los pies del Señor. 

Crecí en una familia disfuncional, donde frecuentemente había actos de violencia intrafamiliar y mis padres estaban siempre ausentes. Desde muy pequeña comencé a luchar con la masturbación y la pornografía; sin embargo, sentía mucha culpa y una constante insatisfacción con una vida a la que no le encontraba sentido. 

A mis 11 años caí en una gran depresión, después de que mi familia viviera una situación muy complicada con un vecino, entonces comencé a escribir en un cuaderno distintas maneras para suicidarme. Sumado a eso, mi madre no me dejaba tener amigos, lo que contribuyó a que viera a los hombres como insignificantes y poco interesantes, y que comenzara a sentir atracción por personas de mi mismo sexo, cuando fui cambiada a un colegio de chicas, tras sufrir bullying en el colegio anterior. 

Asombrosamente, en aquellos días de mi vida donde el deseo de aprobación me hundía y me hacía sentir tan mal conmigo misma, solía ir a la iglesia y preguntar a los sacerdotes si la homosexualidad era algo normal, si Dios la aceptaba y demás. Recuerdo que solía subir a la terraza de mi casa y hablar con Dios, no sabía si me escuchaba, pero quería expresarle cómo me sentía, creía que mi vida era un total fracaso; nada me salía bien. 

Al entrar en la universidad comencé a consumir drogas, beber alcohol e ir a fiestas. Era muy raro porque en mi corazón había una convicción de que esos excesos jamás podrían llenarme. Un día, mientras estudiaba, escribí en la barra del buscador de YouTube: “Música cristiana”, y escuché la canción “Un largo viaje” de Marcela Gándara. Comencé a llorar, no entendía la razón, pero había un deseo profundo en mi corazón de acercarme a Él. Al semestre siguiente comencé a ir a un grupo del Movimiento Cristiano en las Universidades y por primera vez me sentí amada sin haber hecho algo previo para lograrlo. Aunque mi madre se oponía a que fuera a la iglesia, una noche fui y aquel día de octubre, en el año 2015, le entregué mi vida a Jesús. 

Me siento muy privilegiada porque Él me amó, me formó en el vientre de mi madre y siempre estuvo y estará ahí, incluso en los momentos más difíciles de mi vida. Conocer a Jesús de forma íntima me transformó completamente, llenó mi corazón, lo sanó y restauró. 

Doy gracias a Dios por salvarme, sé que su gloria y amor será derramado en mi familia. Confío en que sus vidas serán restauradas y pronto reconocerán a Jesucristo como su Salvador.

Karen Romaña


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