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Dios transformó mi vida y la de mi familia

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Había un hombre, aunque no recuerdo su nombre, en mi mente es muy claro el recuerdo. Él venía a mi casa cada tanto, no recuerdo de dónde venía o cómo le habían conocido mis padres. Pero sí recuerdo una paz preciosa y un cambio de estado de ánimo en mi familia cada vez que él se iba. Yo tenía 5 años. La más pequeñita en la familia, con una hermana de 6 años y un hermano de 8, mi madre estaba en pareja con la persona que yo había conocido como mi padre, aunque no lo era, de ninguno de los 3. Tenía año y medio cuando mi padre se fue de casa. “Te doy 6 meses para volver, sino me busco a otro” dijo mi madre y así pasó. Lo que parecía una amenaza de una persona fuerte era en realidad un grito de desesperación cargado de dolor. Ningún hijo fue planificado por este matrimonio concebido en el misticismo de la religión, aunque estaba muy claro en la agenda de Dios. Cristianos bautistas los dos, sumamente conservadores. Ella con 10 hermanos criados casi en la extrema pobreza. Él, el guapo de la iglesia, el chico al que todas querían “pescar”. Habiendo tantas opciones, la que termino siendo su esposa no solo era la menos pensada sino la menos deseada por la familia de él.

El método anticonceptivo había fallado y el primer hijo fue recibido con brazos abiertos. El varón, con los ojos azules de su padre, el que podía transmitir el apellido único, porque si tienes ese apellido en Uruguay, te puedo decir familiar. Por cierto, el favorito de la abuela paterna.

Nuevo método anticonceptivo, nuevo fallo, nuevo hijo. En este caso una niña, pequeñita y de ojos marrones como su madre. No fue planificada, pero teníamos el dúo de ensueño: una niña, un varón, uno se parece al padre, la otra a la madre. Puedo imaginarme el sentimiento de emoción y la sensación que provoca enfrentarse a nuevos desafíos ya no con uno sino con dos hijos.

“Usemos otro método anticonceptivo, los anteriores no funcionaron” imagino que acordaron. Y nuevamente fallan sus planes, pero se cumple el de Dios.

¿Puedes imaginar tener un niño de 2 años, una bebé de pocos meses y enterarte de que estás nuevamente embarazada? Pues mucho gusto, mi nombre es Alexandra. Aunque no supieron que era una niña hasta el día en que me “sacaron” de la barriga de mi madre a los 8 meses cuando estaba perfectamente madura y lista para comerme el mundo. Mi padre se lo tomó bastante mal. Así que conozco el sentimiento de rechazo desde el vientre de mi madre.

Luego de que mi padre se fuera de casa con otra mujer con otros hijos, pasamos momentos muy difíciles, estábamos completamente solos. Mi madre se iba a trabajar para poder darnos de comer y mi hermano tenía que cuidar de nosotras. Un niño de 5 años cuidando de sus 2 hermanas. Tuvimos que irnos de donde vivíamos. Recuerdo haber vivido en la casa de una tía y en la casa de mi abuela materna por corto tiempo. Donde quiera que íbamos, nadie tenía un lugar para nosotros. Mi madre llegó a dormir en la calle para que mi abuela nos acogiera en su casa. No, no tuve una familia muy cercana. No los juzgo, pero tampoco llego a entenderlo del todo.

Una vez que mamá ya había conocido a quien hoy es mi padre del corazón, estuvimos de un lado al otro hasta que una amiga suya que trabajaba en la Intendencia (ayuntamiento) le dijo de un terreno que era propiedad de una persona que había fallecido y no tenía herederos. Le explicó que nadie la iba a poder sacar de ahí y que, con el tiempo, si pagaba los impuestos ese terreno podía ser de ella. A lo que mi madre le contestó que ella no se iba a meter de ocupa en un terreno que no era de ella. Pero no teníamos donde vivir, ya no sabíamos qué hacer. Así que mi papá construyó allí una habitación de 4 x 4 metros y un pequeño baño muy (pero muy) precario. Recuerdo que el suelo era de piedras, el techo de chapa y dormíamos con colchones en el piso. Tenía 4 años cuando nos mudamos ahí. “Vamos a vivir en la playa” grité de camino a nuestro nuevo hogar cuando en realidad estaba viendo unas canteras que distaba mucho de una playa o incluso de un lugar libre de contaminación e higiene. Fue muy divertido ver la reacción de todos ante un comentario tan inocente.

En esa pieza tuve el mejor cumpleaños de toda mi vida, cuando cumplí 5 años. Me despertó la voz de mi madre que cantaba “que los cumpla feliz” mientras hacía una humilde tarta de cumpleaños. Ya era grande porque iba a empezar a ir al jardín de infantes, iba a conocer otros niños, me estaba convirtiendo en una niña que empezaría a ir a la escuela.

Volvamos al hombre del que estábamos hablado, porque este hombre fue el que trajo al verdadero Jesucristo a nuestras vidas.

Este hombre nos invitó a una iglesia evangélica a la que ni siquiera él iba. Nos dijo que nos congregáramos ahí. Nunca voy a olvidar la primera vez que fuimos, sobretodo, al final. Cuando al terminar la reunión el pastor les preguntó a mis padres si querían aceptar a Jesús en su corazón. Él sacó 3 chicles de su bolsillo. Mi hermano tomó uno, mi hermana otro y el último, más humilde, quedaba para mí, así que mi hermano cambió chicles conmigo y él se quedó con el peor. Un gesto muy dulce. La presencia de Dios fue tan grande en ese momento que mis padres no pudieron mantenerse en pie. Y yo, una niña de 5 años, no entendía qué pasaba. Sí recuerdo muy claramente pensar “¿este loco qué le está haciendo a mis padres?”. Luego de pensar que estaba a punto de “desmayarme” al igual que mis padres, el pastor oró por nosotros ya que nos estaban entregando en las manos de Dios. Buenas noticias para la niña Alex, pues no se desmayó para nada y el chicle estaba delicioso. En la semana le dije a mi madre que quería aceptar a Jesús en mi corazón y al siguiente domingo el pastor me tomó en sus brazos y me guió en la oración de fe.

Mi vida empezaba a mejorar mucho. Un tiempo después tuvimos un campamento de niños y había allí unas chicas que bailaban y a mí me encantaba bailar y cantar. Recordaba algunos de sus movimientos en las canciones del Profesor Martín. Así que luego de eso, cuando tuvimos la reunión semanal de niños, algo así como la escuelita sabatina (en lugar de dominical) vi que estaban armando un grupo de baile. La pastora vio que yo sabía algo y me puso con los demás chicos. Casi me muero de la vergüenza. En primer lugar, porque no fui recibida con los brazos abiertos y en segundo lugar porque los demás niños sabían la coreografía y yo no. Los imité descaradamente y al final formé parte del grupo. Ahí conocí a mi mejor amiga de la infancia. Ella jugaría un papel decisivo en mi futuro.

Pasaba el tiempo y mis padres se habían hecho un lugar muy importante en la iglesia, luego de casarse claro. Empezaron siendo líderes de célula y el crecimiento era tal que llegaron a ser líderes de sección, supervisando varias células. Siempre estaba en la cima cuando se trataba de ganar almas. Siempre trabajando, siempre en la obra del Señor. Lo que hizo que nuestra familia se viera desatendida en muchas áreas. No entraré en detalles, pero todo lo que necesitas saber es que el sentimiento de abandono, desprotección y rechazo volvía a mi vida de una forma que me devastaría. Yo era una niña que iba a la iglesia más de una vez a la semana y aun así pensaba en quitarme la vida, pero era demasiado cobarde para intentarlo, o al menos eso pensaba yo. Un día en un campamento me sentía tan culpable que hablé y ese día todo se vino abajo. Mis padres que estaban en la cima, mi familia, se apartó de la iglesia.

Durante 3 años intentaron ir a otros lugares. Nunca supe el por qué, pero no se quedaban en ninguna iglesia. Y todos nos enfriamos.

Ya en secundaria era buena estudiante. Mis notas siempre eran notables. Tenía algunos amigos, las cosas iban mejor, mis padres se ocupaban más de la economía familiar. Todo iba pues mejor de lo que yo entendía como “normal”. Pero me sentía vacía, lloraba por las noches y en mi interior sabía que era Dios que me estaba llamando, aunque no me animaba a ir a la iglesia sola, porque no iba a conocer a nadie y me daba vergüenza. A pesar de que tenía contacto muy esporádico con mi mejor amiga y ya no la veía, ella siempre me invitaba y yo le decía que no porque tenía que ir sola y no quería. Hasta que un día me invito a una conferencia y me pasaban a buscar. Entonces fui y desde ahí empecé a ir a la iglesia hasta que Dios me dijo que fuera a otro sitio. Ahí empecé a servir en la danza, aprendí a cantar y serví en la alabanza. Ahí aprendí disciplina y excelencia. Ahí conocí a quien hoy es mi esposo.

Doy gracias a Dios por todo lo que me ha permitido vivir para ser la persona que hoy soy, para poder ayudar a otros y para convertirme en lo que él planificó para mí. Dios es el único que puede transformar nuestras tristezas, decepciones y abandono en amor, paz y bendiciones.

Actualmente me encuentro sirviendo junto a mi esposo en una iglesia de España, donde he visto la mano de Dios en nuestro día a día. También apoyo en este periódico, en la sección de «opinión». Te invito a leer mis otros artículos y a que comentes en ellos.


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